Hacedme un hueco en vuestros corazones y compartamos un tiempo de historias sencillas, escritas por manos sencillas.


27 sept. 2008

La familia de Don Miguel

Cuando hubo leído la última palabra de la carta de Marta las lágrimas corrían por sus mejillas. El marido de Marta había caído en la montaña luchando contra las tropas del dictador, abatido por una ráfaga de fusil-ametrallador. Cuanta desgracia estaba trayendo aquella insurrección, cuantas familias destrozadas, y ahora le había tocado el turno a la suya. Lloraba por Juan, muerto, y sentía el corazón roto por su hija y deseó estar a su lado para consolarla.

Inmediatamente tomó papel y sacando la pluma del bolsillo interior de la americana se sentó a escribirle una carta de respuesta con el deseo de que aquellas letras pudieran suplir de alguna manera la distancia, que aquellas frases de cariño acunaran a su hija y enjugaran sus lágrimas.

La última semana había recibido noticias de todos los suyos. María Luz que se marchó un día atravesando el océano hasta España y trabajaba de mucama en una casa. La trataban bien, pero él sabía más, porque leía las palabras ausentes, esas que aunque no se escriban están en el papel, como si la mente las hubiera escrito con una tinta invisible. Esas palabras le decían que por las noches, en aquél pequeño cuarto contiguo a la cocina, sin ventanas para ver la calle, tumbada en un catre estrecho, mientras el calor la agobiaba o el frío la aterecía, humedecía la almohada con lágrimas de lejanía.

Marcial le había escrito también, era su hermano y estaba enfermo, sus cartas eran cortas y escuetas como era él, como siempre había sido, serio y seco, igual que el árbol que pierde la vida. Siempre con la vista puesta en el horizonte, esperando el agua cuando no llegaba y esperando la calma cuando los torrentes se llevaban el trabajo de todo el año, así se había forjado su carácter.

A su madre le escribía todos los meses, también vivía lejos, en la ciudad, con su hermana pequeña. Le contaba todo lo que pasaba en el pequeño pueblo, quién nacía y quién moría, porque los viejos pasan las horas así, recordando a los muertos e imaginando la vida de los recién llegados.

Siempre estaba rodeado de las cartas de su gente, entre ellas vivía y entre ellas acabaría sus días, eran los suyos, tanto como los otros, los que llamaban a su puerta y la encontraban siempre abierta y el paso franco; desde el día que llegó al pueblo, con la maleta llena de ilusiones, el corazón vacío de cariño y un diploma de medicina recién estrenado que colgó en la sala de visitas de la pequeña casa alquilada a las afueras.

Nunca había habido médico en aquél pueblo, y sus gentes se confiaron a él desde el primer día, cuando acabó de curar sus cuerpos, se dedicó a cuidar de sus almas, de las almas de todas las familias del pueblo.

El primero que llamó a su puerta fue Arturo, su hija se había casado en la ciudad con un buen muchacho, estudiante y algo revolucionario, entre los dos querían cambiar el mundo a favor de los sin techo. Había recibido carta de Marta y no sabía leer, se la leyó y le escribió la respuesta que el propio Arturo le dictaba con lágrimas en los ojos, entre envarado y avergonzado.

Al día siguiente había tres personas en su puerta, unas con cartas en la mano y otras con cartas en la mente, se dedicó a leer y escribir las cartas de los otros y a sentir los problemas y las alegrías como suyos, empezó a quererlos como sus padres, hermanos, hijos, nietos, novias y amigos que él nunca tuvo. Su familia.

Así pasaron los años entre cartas y sanamientos, lo mismo curaba un brazo roto que escribía una carta de amor a un novio lejano, sanaba una pulmonía o traía con sus palabras a la madre ausente o al marido, jornalero en otros campos.

Un día llegó un camión al pueblo, traía unos grandes rollos de hilo de cobre y unos palos largos que unos hombres clavaron en el suelo, colgaron los cables en los palos y se marcharon. Poco después llegó un señor con traje y corbata, les reunió en la taberna y les habló del teléfono, de cómo sus palabras irían por los cables de cobre hasta los oídos de los suyos.

Construyeron en la plaza una caseta de madera y cristales y la pintaron de rojo y las gentes dejaron de ir a casa de don Miguel, las gentes del pueblo hacían cola para hablar por el aparato negro que estaba colgado en la pared de la caseta roja.

La tristeza se apoderó de don Miguel, en unos días se había quedado sin familia, solo. Le envolvió una gran tristeza y se abandonó a su suerte. Por el pueblo corrió la voz de que el médico había enfermado.

Una mañana entró por su puerta Doña Rosario, traía en su mano la carta de su hijo, embarcado en un pesquero, para que se la leyera. Haciendo un esfuerzo se levantó de la cama y salió de la habitación, al salir vio que allí estaban todos los suyos con las cartas en las manos y en la cabeza, y don Miguel tuvo de nuevo noticias de todos los de su familia.

Y las gentes del pueblo, cuando volvían a sus casas con las cartas escritas por Don Miguel se paraban en la caseta roja para oír también la voz de los suyos.

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Fotografía de:
Elitista

2 comentarios:

Froiliuba dijo...

Qué preciosidad de texto , casi lloro. Tiene el sabor de esos cuentos de Gracía Marquez o Isabel Allende, pero con tu estilo particular.

El vanace tecnológico, que tanto une y desune a la gente.

Una alegría de ser yo la que inaugura este blog

mil besos

Dante dijo...

Y ahora que te vi en el blog de Ninalla, de a poco me voy a ir poniendo al día con las entradas de este espacio. Excelente historia la de Don Miguel. Aunque te la había leído en tu otro blog, no me cansa releerla. Es emotiva, y no deja de recordarme a mi abuelo cada vez que la leo. A diferencia de Don Miguel, en la zona donde vivimos, el fue uno de los primeros vecinos en tener teléfono. Y coincidentemente con el protagonista de tu relato, mi viejo disfrutaba de ofrecer a los vecinos el telefono para hablar con su familia porque esto representaba para él, además del mate compartido, la charla y la compañía de su gente. Excelente historia. Nostalgiosa y muy bien plasmada. Siempre es un gusto leerla. Un abrazo.