Hacedme un hueco en vuestros corazones y compartamos un tiempo de historias sencillas, escritas por manos sencillas.


8 oct. 2008

Violeta

Esta mañana fría de noviembre, hemos enterrado a Violeta, apenas sentía el frío que me subía desde los pies mojados por la tierra húmeda del cementerio, mientras veía como descendían el ataúd sujeto por dos gruesas cuerdas. El ruido sordo de la madera al golpear contra las paredes de la fosa, golpeaba mis sienes, mientras mis recuerdos viajaban en el tiempo hacia otro tiempo, hace muchos años…….

Los recuerdos de la prima Violeta están asociados a las calurosas horas de la siesta en Agosto, al canto de las cigarras y al sopor que tras una copiosa comida envolvía mis sentidos. En las horas centrales del día mi cuerpo solo deseaba abandonarse a la laxitud de los músculos, ese estado entre el sueño y la consciencia, rodeado de los aromas del patio que penetraban en el dormitorio por la ventana. Olor a menta y a hierbabuena, a romero y albahaca, a tomillo limonero……, y a la colonia que usaba la prima Violeta, que impregnaba mi pituitaria y se alojaba en un rincón de mi cerebro, al que aún hoy, después de muchos años, acudo de vez en cuando buscando momentos de paz.

Vivía Violeta en la casa de mis abuelos, un caserón a modo de pequeño cortijo a las afueras del pueblo al que se accedía desde la carretera por un camino de tierra entre altos cipreses. Allí me enviaban mis padres cada verano cuando terminaba el curso.

Mis tíos, los padres de Violeta habían muerto en un accidente de automóvil cuando ella aún no había cumplido los quince años años. Esto hizo que Violeta abandonara Barcelona para irse a vivir con los abuelos al pueblo.

Dejó los estudios y se dedicó a cuidar de ellos, se encerró en la vieja casona y entregó su vida a cuidar de la vejez de los abuelos, de modo que cuando ellos murieron, y lo hicieron con cuatro días de diferencia, se quedó sola, con treinta y cuatro años y la juventud perdida en una estación de paso.

Había tenido Violeta varios pretendientes durante su juventud, pero a ninguno le hizo caso. Con el paso de los años, en el pueblo y en torno a su persona, se fue forjando una leyenda de mujer imposible, de fortaleza inquebrantable.

Era Violeta una mujer alta, morena, que paseaba por la casa un cuerpo bien formado, las piernas esbeltas y bien torneadas, la cintura estrecha, las caderas anchas y unos pechos, que hacían volver la cabeza a los hombres cuando se cruzaban con ella por la calle.

Yo me enamoré de Violeta cuando tenía diez años y la estuve amando en secreto hasta que con veinte años, se cruzó en mi camino una rubita, nerviosa y mandona que se convertiría en mi mujer.

Era mi prima dieciocho años mayor que yo. Entre que su padre era mucho mayor que el mío y que mi padre se casó pasada la treintena, mi prima era una mujer cuando a mi aún se me caían los mocos.

La primera vez que fui a veranear al pueblo, a casa de mis abuelos, yo tenía diez años. Hasta aquel año habíamos vivido en Francia, donde yo había nacido. Pero tras muchos años de trabajo, mis padres decidieron volverse a España. Nos instalamos en Madrid. Mi padre compró un bar cerca de la Plaza del Carmen, y entre él sirviendo en la barra y mi madre en la cocina haciendo aperitivos, lo sacaron adelante con éxito. Para ellos era imposible marcharse de Madrid en el verano, con la afluencia de turistas en época estival el negocio se multiplicaba, por lo que decidieron mandarme al pueblo en cuanto acababa el curso.

En el mismo momento que pisé aquella casa, Violeta me adoptó para si, se desvivía por mi, por hacerme agradable el tiempo que pasaba en aquel caserón. Ella fue mi compañera de aventuras en aquella casa grande que recorríamos durante horas, investigando en las habitaciones, en la cuadra, en el desván que en poco tiempo se convirtió en nuestro escondite secreto. Éramos cómplices de mil secretos, nos reíamos a hurtadillas, escondiéndoles a los abuelos nuestras correrías que ellos veían con agrado.

De aquél primer año recuerdo una noche que se había desatado una tormenta, Violeta vino a mi cuarto a ver como estaba y me encontró encogido en la cama, sudando y temblando, me abrazó, me dijo que me tranquilizara y se acostó conmigo en la cama, me envolvió su olor a limpio y a leche fresca y me dormí apoyado en su pecho.

Cada año, esperaba impaciente la llegada del verano, los exámenes finales, las notas y por fin el día que cogía el autobús que habría de llevarme al pueblo. Cuando el autobús bajaba la cuesta, se veía el pueblo a lo lejos, a la derecha de la carretera, y en el cruce, la marquesina de la parada, y allí de pié, Violeta esperando mi llegada.

En cuanto ponía el pié en el suelo, se tiraba a mi cuello llenándome de besos y diciéndome lo que había crecido y lo guapo que estaba. Yo me sentía azorado y se me subían los colores, pero me gustaba que me abrazara. Una ola de emoción recorría mi cuerpo y un cosquilleo se alojaba en mi estómago, sensaciones que más tarde identifiqué como una mezcla de devoción, amor y deseo.

El año que cumplí dieciséis años, fue el año que fallecieron mis abuelos, primero fue mi abuelo, se acostó y por la mañana cuando mi abuela se fue a levantar, se lo encontró frío como el mármol. Cuatro días después se murió mi abuela, de la misma forma. Todo el mundo en el pueblo decía que se había muerto de pena y así debió ser, su corazón no aguantó que se le fuera la mitad y se paró.

Aquél año estuve a punto de no ir al pueblo de vacaciones, mis padres no querían que yo fuese una carga para Violeta, pero ella insistió tanto que mis padres al fin accedieron.

Cuando bajé del autobús, la mujer que encontré bajo la marquesina era otra. Vestida de negro, algo más delgada y con los ojos vidriosos de las lágrimas. Se acercó a mí y me abrazó llorando.

Con el paso de los días Violeta pareció renacer de nuevo, se la veía más alegre y dicharachera, recorriendo la casa, sacudiendo alfombras, abriendo ventanas, como si quisiera que el aire nuevo se llevase la pena, que con la muerte de los abuelos se le había agarrado al alma.

Una noche, después de cenar nos sentamos en el salón, era un sitio que nunca se utilizaba, la vida en la casona se desenvolvía alrededor de la cocina. El salón, con sus sillones altos y mullidos, con la mesa de madera tan brillante, con la alfombra de lana espesa, perecía reservado para algún acontecimiento extraordinario que nunca se producía. Esa noche Violeta me hablo de su soledad, de la inutilidad de su vida, del sacrificio que había supuesto para ella abandonar la juventud para dedicarla a otros. Pero no lo decía como queja, si no para compartir conmigo lo que ella llevaba dentro. Yo por mi parte solo pude decirle que no estaba sola, que allí estaba yo y que siempre estaría a su lado. Me miró a los ojos y me sonrió, en su sonrisa pude descifrar el amor que sentía por mi y en sus ojos pude ver la resignación que produce la soledad.

Se levantó y se sentó a mi lado, me acarició la cabeza y la atrajo hasta su pecho. Así, recostado, inundado por el olor de Violeta me quede dormido.

El tiempo voló y se llevó nuestro tiempo de verano. Yo acabé mis estudios, conocí a mi mujer y tuvimos nuestro primer hijo. Nunca olvidaré los ojos de Violeta cuando se lo llevamos al pueblo para que lo conociera, cuanto amor en ese regazo que lo sostenía; después tuvimos a nuestra hija, Violeta.

Fueron ellos los que tomaron el testigo de los largos veranos en aquella casa, rodeados de aromas eternos, de risas y del incondicional y desbordado amor de Violeta.

Madrid, 13 de septiembre de 2008

Fotografía de: Elia Fuentes (Seixo)
fotografía de violeta, autor desconocido

1 comentario:

fonsilleda dijo...

Ya te he dicho que he conocido Violetas y que, aparte de un homenaje hecho por tí a una en concreto, has reflejado en esa mujer otras muchas que han poblado nuestros suelos durante muchas generaciones. Quizá es un tipo que tiende a desaparecer porque el egoismo y la falta de entrega a los demás, hacen que en estos días que vivimos, de un individualismo exacerbado, marquen su, para mi, dolorosa desaparición.
Aparte de disfrutar con tu siempre agradable lectura, me has traíod gratos recuerdos que me han obligado a admirar más, si cabe, a tu violeta.