Hacedme un hueco en vuestros corazones y compartamos un tiempo de historias sencillas, escritas por manos sencillas.


11 oct. 2008

Rayos de esperanza

Es tarde cuando Alí cierra el cafetín, baja el cierre y lo traba con un grueso candado, en la puerta se despide de su amigo Said. Desde hace seis meses, desde el mismo día en que abrió las puertas de su negocio, ni un solo día su amigo ha faltado a la hora del cierre, llega una hora antes, se sienta en la barra y se toma un té verde. Lo toma con la lentitud con la que se ejecuta un ritual, muy caliente, a pequeños sorbos.

El calor del agua extrae el aroma de la hierbabuena mezclándolo con el azúcar y el té, creando un jarabe que produce un placer para los sentidos al que la mayoría de los occidentales no estamos llamados a disfrutar. Un buen té lleva la memoria de miles de años de cultura y tradición.

Se abrazan como todas las noches, se desean salud para cada uno y los suyos y tras llevarse la mano al corazón toman distintos caminos para regresar a su casa.

            Como cada noche, Alí  toma el autobús a esas horas en las que casi todos los viajeros coinciden en el mismo trayecto, rostros familiares que se saludan levemente con un movimiento de cabeza o con una tímida sonrisa, pasando al instante a sumergirse cada uno en sus pensamientos. Mientras, el enorme vehículo atraviesa la gran ciudad con su carga de cansancio, para ir depositando a cada uno al final de su trayecto.

            Mientras las luces de la ciudad van pasando, la memoria de Alí atraviesa el tiempo y recuerda  su niñez, recuerda las mañanas sentado en las escalinatas de la entrada del Zoco de Tetuán, siguiendo a las mujeres españolas, “Marías”, como les llamaban, ofreciéndose a llevarle la cesta de la compra a casa.

Al fin, cuando alguna aceptaba sus servicios, Alí se cargaba a la espalda con las cestas repletas de fruta y verduras, cestas que pesaban como una losa y que le dejaban en la espalda la marca del esparto. Por unas monedas, y si la “María” era buena, alguna fruta. Otras le despedían con un gesto de desprecio, pero Alí siempre respondía con una sonrisa desdentada y corría a tomar posiciones de nuevo en la escalerilla del zoco.

De regreso a su casa le entregaba con orgullo a su madre las monedas que había ganado, y su madre, cansada de trabajar limpiando suelos y escaleras en las casas donde vivían los españoles, le arrimaba contra su pecho y lo abrazaba, era el mayor de cuatro hermanos, su padre había muerto en un accidente. Ahora parecía ver a su madre reflejada en el cristal del autobús, le parecía sentir la calidez de su abrazo y las caricias de sus manos enrojecidas de henna.

             Habían pasado los años, se habían quitado el hambre día a día, sin poder pensar en el futuro porque el futuro no tiene cabida cuando el presente es tan cruel, su amigo Said quería irse de allí, cada día le contaba lo bien que se vivía en España, cada día le decía que ellos también podrían vivir bien, y Alí que no tenía ojos mas que para Fátima, la hermana de Said, soñaba con poder casarse con ella.

            Salieron de Tetuán una tarde de Noviembre, su madre no dejaba de llorar mientras se despedía, cuando pasó a recoger a Said, Fátima desde la ventana, le dijo adiós con la mano y él le gritó que volvería para casarse con ella. Por la frontera de Ceuta era imposible pasar sin pasaporte ni visado, por lo que decidieron quedarse en El Rincón del Medir, durante tres días tuvieron que dormir en la playa hasta que encontraron sitio en un pequeño barco de pesca que se dedicaba algunos días al mes de llevar gente a las costas españolas, les costó todo el dinero que llevaban, y tras una interminable travesía, en la que el miedo, la oscuridad y el frío mordían su voluntad llegaron a una pequeña playa cerca  de Algeciras. Tuvieron que esperar hasta la noche siguiente para ponerse en marcha, amparados por la oscuridad, caminando de noche y durmiendo de día escondidos entre la maleza, llegaron hasta Málaga, allí les dieron trabajo en la construcción, mal pagados y malviviendo en un piso con otros emigrantes, ahorraron lo suficiente para viajar a Madrid.

            Madrid, la capital del España, la ciudad de los sueños, se mostró ante ellos, inmensa, inalcanzable a los ojos de los que no habían visto mas allá de una pequeña ciudad, urgente, con las prisas que el tiempo imprime en cada cara, en cada persona, en cada actitud, turbadora en definitiva. Durmieron en parques, vagaron por la inmensa urbe hasta que encontraron rasgos familiares entre las caras que les observaban, rasgos de los de su etnia, narices aguzadas, pieles morenas, pelo negro y volvieron a hablar, volvieron a comunicarse, con las manos unidas y con la alegría en el rostro.

            Les llevaron a una casa donde les recibieron con los brazos abiertos, con la hospitalidad de su pueblo, hablaron durante horas con un hombre mayor quien les fue informando de los pasos que tenían que dar para poder salir de la situación de ilegalidad en la que se encontraban, lo primero encontrar un trabajo, después iniciar los complicados trámites para obtener el permiso de residencia, trámites que debían poner en manos de abogados que sortearan los innumerables obstáculos que la administración española pone a los emigrantes.

            Said encontró trabajo en una obra, Alí en una fábrica donde ya trabajaba otro compatriota, trabajaba de turno de noche, acarreando piezas de forja con un carro, un trabajo pesado y mal pagado pero que le proporcionaba lo suficiente para vivir en un piso compartido con otros ocho emigrantes, comer y ahorrar dinero para  poder arreglar los papeles y  aun enviar dinero a su madre.

            Tras dos años de duro trabajo volvió a Marruecos con el permiso de trabajo y el dinero suficiente para casarse, recuerda el sonido de los panderos, las flautas y los penetrantes gritos de las mujeres a la llegada de la novia a la que llevaban en alza, sobre una bandeja, tapado el rostro por un velo blanco, recuerda el profundo abismo de los ojos de Fátima cuando gemía de pasión durante su primer encuentro, y recuerda las lágrimas en los mismos ojos cuando se despidió de ella para venir a España.

Hacía tres años que tenía a su familia con él, habían conseguido alquilar un piso para ellos y sus dos hijos, Halim, nacido en Marruecos, mientras él estaba en España y la pequeña y preciosa Jadila, nacida en Madrid hacía apenas un año.

            Y desde hacía seis meses, su negocio, el orgullo se le notaba cuando hablaba de él con sus amigos y vecinos, no había sido fácil, había ahorrado hasta el último céntimo , había sido difícil convencer al dueño del local, al fin y al cabo seguía siendo un extranjero, se había empeñado en ese local, le había gustado desde el día que lo vio porque por la mañana los rayos del sol entraban por la puerta hasta la mitad del salón y el cielo y el sol de Madrid le recordaban tanto a los de su tierra. Tuvo que sacar las licencias, comprar los materiales para reformar el local, lo hizo él, con la ayuda de su amigo Said, por las noches, los fines de semana, hasta que un día pudieron por fin abrir el cierre, se paró orgulloso ante la entrada y se abrazó a su amigo emocionado.

            En seguida se le llenó de clientes, compatriotas que iban buscando la compañía de los suyos, charlas interminables de un pueblo para el que la palabra toma un sentido distinto, una comunión entre el cuerpo y el espíritu. Pero con los buenos clientes llegaron también los malos, los oscuros buscadores de fortuna, de dinero fácil.

            Llegaron un día tres hombres, bien vestidos, a la europea y le propusieron un negocio, le propusieron tener permanentemente en su cafetín a dos personas, una que se dedicaría a vender  hachis y la otra a vigilar cerca de la puerta, le aseguraron que no había problema, que controlaban a las patrullas de policía del barrio y que sería una fuente de ingresos extras para su negocio y para su familia. Le dijeron que la juventud española demandaba mucho producto de Marruecos y que ellos iban a cuidar de su negocio; la idea no le gustó, no quería tener nada que ver con la ilegalidad, y mucho menos con el mundo de la droga. Le dejaron pensárselo unos días, transcurridos los cuales volvieron a presentarse en el establecimiento, ante su negativa, se enfadaron y le amenazaron, le dijeron que lo podía perder todo, pero Alí se mantuvo firme y al final se marcharon.

            Esa noche mientras estaba cerrando el cafetín junto a su amigo, se presentaron cuatro hombres, les dieron una paliza y le destrozaron el local, les dejaron maltrechos, tirados en el suelo, molidos a golpes y patadas por todo el cuerpo, cuando se marcharon los salvajes atacantes, ayudándose el uno al otro se pusieron de pié en medio del destrozo. Alí se decía que era el fin de sus sueños.

Entonces en silencio fueron entrando por la puerta, eran los vecinos del barrio, algunos de raza árabe como Alí, otros españoles, ecuatorianos, colombianos, peruanos, pakistaníes, indios, sudaneses, guineanos, hombres y mujeres que entraban el en cafetín y miraban el destrozo que habían echo los desalmados. Uno de ellos se dirigió al cuarto de utensilios y cogió una escoba, otros se dedicaron a levantar las mesas, otros a recoger las botella y los vaso rotos, durante los días siguientes cada vez que Alí abría el cierre, los vecinos bajaban para echarle una mano.

En unos días el cafetín volvió a ser como era antes, pero ya no era un negocio para emigrantes árabes, se convirtió en el sitio donde se reunían todos los vecinos del barrio, de todas las razas, de todos los colores.

            Alí desciende del autobús, con paso cansado se dirige a su casa,  en sus labios se dibuja una sonrisa, sabe que le espera el amor de su esposa y el cariño de sus hijos, también sabe que al día siguiente amanecerá de nuevo y que por la puerta de entrada a su cafetín entrarán los rayos de la esperanza.

3 comentarios:

fonsilleda dijo...

¡Precioso!. Tus dedos tienen la sensibilidad de unos que fueran mágicos.
Casi he sentido el aroma de ese té...
Bicos.

Froiliuba dijo...

Siempre tan acertado, tan variado en tus temas y tan actuales.
BUena capacidad para presentarnos de forma bella algo ten feo como es la xenofobia que nos corroe cada vez más en esta sociedad actual.

Gracias por visitarme, tú si que vales.

Ninalla dijo...

Maravillosa la desdcripción de este tema que conoces desde niño, en tu relato se nota el respeto y la comprensión hacia esas personas que lo arriesgan todo por intentar mejorar su futuro y que nunca dejan de ser extranjeros para algunos.
Me gustó leerlo de nuevo.